Por Raquel Zaragoza

La primavera no entiende de pandemias. Las calles y los parques están vacíos, pero brilla el sol, los árboles han florecido y los pajarillos no dejan de cantar…

En tiempos de coronavirus, época de puertas cerradas y balcones abiertos, paso mucho tiempo sentada en el mío; para respirar aire puro y aprovechar al máximo la luz natural.

Aquí hago lo que he hecho toda la vida: ¡coser! Desde los primeros recuerdos de mi infancia, siempre he estado rodeada de retales, bastidores y costureros. Al salir del colegio, después de la merienda, mi madre y yo pasábamos muchas tardes haciendo labores, mientras escuchábamos la radionovela: “Ama Rosa” de Guillermo Sautier Casaseca. Es curioso, me cuesta recordar qué comí ayer y, sin embargo, ese nombre no se me olvida.

También me acuerdo de mi primer dedal; aunque compraron el más pequeño, tenía los dedos tan finos que resultaba grande. Mamá, con mucha pericia, redujo su diámetro interior, con cinta de esparadrapo, hasta conseguir ajustarlo a mi medida. ¡Qué orgullosa me sentía!  Para mí era como llevar una joya en el dedo.

Hace unos días rebusqué en el cajón de las telas. Necesitaba encontrar las más adecuadas para confeccionar mascarillas; la idea fue de un chico muy majo que me hace los recados. Así podré ayudarles, sin salir de casa.

Ha hecho falta una pandemia para saber que, si necesito a mis vecinos, puedo contar con ellos. Ahora sé que los jóvenes son solidarios. El barrio está en la zona del hospital y por estas calles reside mucho personal sanitario. En mi edificio hay dos enfermeras. Anoche las vi llegar tarde y tan cansadas que me han dado pena. Por eso, esta mañana he madrugado un poquito más para hacerles un bizcocho de almendras.

Si hago bizcochos o mascarillas no es para entretenerme; yo nunca me aburro por estar encerrada en casa. Al fin y al cabo, esto no es nuevo para mí, tampoco salía mucho antes. El edificio no tiene ascensor y mis piernas…  no tienen fuerza.

La diferencia es que ahora no pueden venir a visitarme porque soy de riesgo y temen ponerme en peligro. Sé que lo hacen por mi bien, pero les echo de menos. Resulta paradójico, en este momento la mejor forma de demostrar afecto es evitando el contacto; yo necesito sus abrazos, pero puedo esperar. Cada día que pasa, faltan veinticuatro horas menos para volver a la normalidad. Lo haremos reforzados, y… ¡los pájaros seguirán trinando!

En estos días, las ventanas y los balcones se han convertido en los espacios más importantes de las casas. De vez en cuando, descanso un poco de la costura y, para entretenerme, desde el mío miro al cielo, a la calle y a los edificios de enfrente.

A las ocho de la tarde los vecinos nos asomamos a la calle porque hay “quedada”. Desde la retaguardia, aplaudimos agradecidos el trabajo de unos ángeles sin alas. Son los héroes que combaten en primera línea de batalla. En muchos balcones, los niños han colgado arcoíris con mensajes de esperanza: “¡QUÉDATE EN CASA, TODO VA A SALIR BIEN!”

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