Por Sara Laborda

Los días laborables, al salir de la oficina se cambiaba de ropa y corría por el paseo de la playa de Bogatell hasta la desembocadura del rio Besós. La idea siempre era la misma, hacer deporte y volver tarde a casa. Le gustaba la sensación de libertad que le proporcionaba correr. Con cada paso, con cada zancada, se liberaba de los problemas reales del trabajo y de la rutina de una familia que quizá había formado demasiado joven.

Todas las tardes pasaba por delante de inmigrantes de origen africano que vendían en el suelo, sobre una manta, bolsos, cinturones, y zapatillas deportivas de diversas marcas. Entre estos vendedores había uno diferente. Era un hombre mayor, de pelo cano, cuyos ojos azules, transparentes como el agua, contrastaban con el oscuro color de su piel. Vestía una túnica de algodón con dibujos geométricos en colores negro, blanco y rojo. Las zapatillas de deporte que vendía no imitaban a ninguna marca, eran blancas con dos lunas brillantes bordadas en los lados que cambiaban de color dependiendo de la hora o de la persona que se acercaba.

Una noche cuando regresaba por el paseo, pequeñas lunas blancas le guiaron hasta el lugar del mantero. En el suelo había un par de zapatillas con un aviso que decía; “corre con ellas y cambia tu vida”.

Corrió hasta su niñez y encontró un útero vacío y hueco. Paseó junto al maltrato y vio la cara de su padre desdibujada por el tiempo. Deambuló por la amistad sincera y halló un amigo. Se deslizó por su ambigua sexualidad y no sintió placer. Aligeró el paso ante el amor de su familia y no quiso detenerse. Transitó indiferente por la soledad y el dolor de la gente y miró hacia otro lado.

Ese día las suelas desgastadas de las zapatillas se desprendieron y las lunas brillantes serpentearon hasta el mar.

Sus pies descalzos tocaron el caliente pavimento. Hubiera podido cambiar, pero siguió corriendo.

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