Por María Carrasco

Ya sé que arena se escribe sin hache, por eso precisamente me llamó tanto la atención.

Mi padre murió un ocho de mayo, una mañana radiante, el cielo azul rotundo del mar y el cielo nos regaló una cálida tarde de despedida.

Mi madre se quedó muy sola, en una casa demasiado grande para ella.

Leí a que se dedicaba la fundación por casualidad, pensé que si yo acompañaba a una persona mayor en mi mismo barrio, alguien cuidaría de mi madre a doscientos kilómetros de mi ciudad. Como el efecto mariposa, una cadena de favores que reblandeciera el corazón de algún gaditano.

Así conocí a Isabel, una bellísima mujer de noventa y tres años.

Su casa tiene fotos de cuando era una chiquilla. Desde el papel coloreado sonríe con los ojos brillantes y un hermoso pelo peinado como las actrices de Hollywood. Realmente era y es muy guapa.

Me besa mucho, agradece que pierda mi tiempo junto a ella. Habla sin parar, vive sola, lo comprendo. Cuenta historias de los familiares que nos miran desde las fotografías del aparador. La sobrina que bailaba flamenco y murió en Méjico, sola, en su habitación, durmiendo, sin que nadie lograra averiguar que ocurrió. El hermano que descubrió que sus últimos dos hijos no eran realmente suyos y, sin embargo, los crió, les dio su apellido y cerró los oídos a los comentarios de la calle.

A veces habla de la guerra, tiene miedo aún de contar la verdad.  Su vida no ha sido fácil.

Con el tiempo, las dos horas a la semana que le dedico, han fortalecido nuestra amistad. En Navidad la he llevado a un concierto al teatro Cervantes. Se ha quedado fascinada mirando el fresco del techo, el enorme escenario. En carnaval la acompañé a la celebración del barrio, un baile de disfraces de los centros de la tercera edad. Ha disfrutado como una niña.

Si alguna semana no puedo ir a verla la echo de menos. Es dulce, educada, una señora perdida en un matrimonio con un  borracho y un trabajo de limpiadora que siempre la esclavizó. Congeniamos porque yo también estoy  atrapada en un trabajo que no me gusta, me siento como ella cuando era joven,  fuera de lugar,  como si la vida me hubiera robado algo.

Isabel a veces se queda callada, mira fijamente y luego me toca la cara con su mano huesuda. Confiesa que no tiene fuerzas para seguir viviendo, que ya es la hora de marcharse. Siempre le digo que será lo que Dios quiera. No sabe que ella me hace más bien a mí que yo a ella, no es consciente de la compañía que me aporta, de que su amistad es importante, necesaria. Este ángel precioso ha llegado a mi vida para darme la oportunidad de dar amor.

La fundación Harena  pone en contacto a ancianos que se encuentran solos con personas que quieran regalar su tiempo haciéndoles compañía. En mi caso ha sido al revés, yo soy la que está sola y ella la que me regala su tiempo.

Gracias Isabel.

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