Por María Saiz

Amanece un nuevo día
y al abrir los ojos, pienso:
¿Qué pasará por ahí fuera?.
¿Cuántos serán hoy los muertos?.
¡Cuántas familias deshechas
no encontrarán el consuelo!.
Todos pensamos lo mismo:
¿Se encontrarán bien los nuestros?.
Mi cabeza da cien vueltas
mientras me encuentro en mi encierro.
No siento mi soledad,
si no la de esos abuelos.
Esos héroes valientes
que en su vida tanto dieron
sin esperar nada a cambio
de sus hijos y sus nietos.
Y, ahora, sus hijos sufren;
ven que los están perdiendo
sin poder acompañarlos
en sus últimos momentos.
Quisiera reconfortarlos,
pero yo tampoco puedo.
Busco, y no encuentro palabras
para infundirles aliento.
¡Adiós, ancianos queridos,
nos veremos en el cielo.

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