Por Eloísa Pardo

Tengo un árbol escondido en el cuarto
más soleado de la casa,
es apenas un par de ramas desnudas
y raquíticas,
de un manzano que criaré
grande y hermoso.
Me gustaría tanto
tener un árbol,
le dije una tarde a un amigo campero,
cuando me mostraba, orgulloso,
las fotos de su dehesa.
Tener un árbol, le dije,
es la ilusión que tengo desde niña.
Tener un árbol y recibir muchas cartas,
y ni una cosa ni la otra he conseguido.
Mi amigo hacendado,
llegó a la tarde siguiente
con un abrazo de ramas y un par
de plantas de ésas que curan
cuando derramas su jugo
sobre la herida.
Mi árbol se deja criar junto a la ventana
abierta al aire y a la vida.
Le engaño, haciéndole creer
que duerme en un jardín y bajo el cielo;
le arrullo con palabras suaves
y le bautizo con gotas de agua dulce
y promesas de frutos prohibidos.

Anoche, antes de acostarme,
fui a verle.
Y al observar sus ramitas secas,
que temblaban ante el airecillo
descarado de la noche,
vi, con orgullo de madre ofrecida,
un brote de primavera
al final de la rama más desvalida.
Estuve largo rato mirando
el avance. Temblando también
ante el milagro.
Le han crecido alas a mi manzano.
Dos botoncitos blancos y sedosos,
dos ansias atrevidas y arrogantes,
pequeños brotes de libertad,
como los que me nacieron a mí
en la espalda,
y que cuento en un poema antiguo que os
leí aquella tarde de otoño.

Tengo mi árbol escondido en un cuarto
abierto al futuro,
y le hago creer que duerme en un jardín
y bajo el cielo.

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