Por Carmen Santamaría

Todas las mañanas sueles responder lo mismo. Pues aquí estamos, pasando el día. No es una frase reciente, es una frase con solera, porque a ti esto del confinamiento por el coronavirus te ha pillado ya encerrada.

Aquí estamos ahora todos, pasando el día, te contesto con un tonillo sarcástico. Además ahora yo hago lo mismo que tú: andar por el pasillo, de punta a punta, para hacer un poco de ejercicio y desentumecer las piernas.

Nos reímos las dos. La situación no es para reírse pero la risa es saludable y reírnos de nosotros mismos nos sirve para aliviarnos la mente y despejarnos los pulmones.

Desconecto el teléfono y sigo andando por el pasillo, intentando sobreponerme a la angustia que genera el encierro, el aluvión de noticias dolorosas y el distanciamiento de las personas que le dan calor y brillo a nuestra existencia diaria.

Te imagino en el salón de la casa, con el sol relumbrando en los cristales, llenando de luz primaveral esa estancia en la que he pasado tantísimas horas de mi adolescencia y de mi juventud, tantas horas de festejos familiares, de reuniones dominicales, bastantes horas de acompañamiento en los últimos años.

Aquí estamos, pasando el día, repito en voz baja.

Te imagino en tu sillón, con el echarpe de colores rosáceos, con el andador cerca de la mesita en la que te coloco la bandeja con la cena cuando voy a pasar allí la noche. Y tengo ganas de abrir la puerta, bajar las escaleras, salir a la calle, buscar la parada del autobús y marcharme a tu barrio.

Pero no debo hacerlo. Debo permanecer encerrada y, sobre todo, debo evitar acercarme a ti mientras dure esta amenaza para la salud de los habitantes de este planeta.

Nunca lo hubiera dicho antes, pero estoy añorando las visitas al médico, los ratos aburridos en las salas de espera, los paseos lentos hasta la farmacia, hasta la peluquería, las charlas al aire libre en la que muchas veces discrepamos, cuando te molestas conmigo porque te digo que tienes que hacer esto o lo otro. O porque no acabas de aceptar que, después de docenas de años cuidando a hijos, nietos y mayores, ahora seas tú la que necesitas ser cuidada.

No soy muy efusiva, no me resulta fácil pronunciar frases de cariño. Pero el beso que te doy cuando llego a verte o cuando me marcho, el beso de buenas noches cuando te acuestas y yo te tapo…. ¡cómo lo echo de menos!

Saldremos de esta, madre. Del coronavirus, de la artrosis, de la rotura del brazo, de todo.

Y volveremos a ir al médico, a la peluquería, a pasear por tu barrio, al teatro incluso.

Aguanta un poco que vamos a salir de esta.

Haz un donativo