Por Carmen Lacasa

No te asustes de andar solo, no te asustes de que te guste.
John Mayer, músico de rock y blues (1977)

Tengo una hermana y cuatro primas viudas y mayores. Su soledad me impresiona. Mi hermana teletrabaja y está distraída pero pasa mucho tiempo sola. Me dice por teléfono que queda para comer por videollamada con su hija, que es médico y está en primera línea en un hospital. Una prima todavía trabaja en una farmacia pero se angustia mucho cuando vuelve a casa ya que al estar todo el tiempo con el público teme contagiarse. Se preocupa porque tiene a sus dos hijos viviendo en el extranjero.

Al preguntarle a una de ellas cómo estaba me contestó que hablando con los muebles y con las cortinas. Se reía, pero a mí me dejó algo preocupada. Me contó que hace años cerraron la terraza en su casa y ahora echa de menos salir a ese trocito de aire libre .

¡Carmen, qué soledad! –me dijo otra. Ella tiene un piso pequeño sin balcón y desde sus ventanas solo puede ver la pared de la casa de enfrente. Pero ninguna de las dos han querido irse a casa de sus hijos para mantener su independencia.

Mi prima más querida tiene una lesión grave en una pierna desde la infancia. Hace casi un año sufrió una caída y ha estado siete meses sin moverse en su casa. Me explicó que todas las mañanas las dedica a gimnasia de recuperación. Hasta hace unos pocos días no ha podido subir escaleras y ahora está muy contenta por eso. Como vive en una casa con jardín dice que durante el confinamiento cada día, si hace buen tiempo, da unas cuantas vueltas a la casa con las muletas.

Estos días pasados festivos de semana santa se han encontrado más solas y he hablado largo rato con cada una de ellas. Ha sido un reencuentro después de muchos años sin estar juntas y algo alejadas por el exceso de prisas en nuestras vidas demasiado activas. Alguna ventaja sí que tiene el confinamiento.

Desde la pasada Navidad, las he recordado muchas veces, tal vez temo mi propia soledad…

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