Por Manuel Cortés

Esta tarde he salido de mi casa por motivos de trabajo. Las calles están vacías. En los apenas diez minutos de recorrido, me crucé con un punto de control de la UME, con esa vecina paseando a su perro, con cierta patrulla policial que me echó el alto. Les expliqué quién era y adónde iba; me dejaron seguir, aunque habría sido paradójico que en el ejercicio de sus funciones hubiesen multado al epidemiólogo de guardia de su provincia.

En cualquier caso, les doy las gracias a todos. Incluido a cada ciudadano que ha pasado este domingo en su hogar. Como lo hago con Olga, por fabricar mascarillas a destajo para aquellos lugares en los que más se necesitan… Con Eva, por su iniciativa de ayudar a los más vulnerables haciéndoles la compra… Con Lorena, por ofrecer de manera gratuita sus servicios de atención psicológica para quien los pueda precisar… Con mi grupo de cuentistas, por difundir tantos relatos a través de las redes… Con tantísimas personas anónimas que dan lo mejor de sí, sencillamente, porque ahora toca darlo.

En estos tiempos de crisis en los que un virus nos ha parado ante nuestras prisas, establece las distancias y redefine el valor del tiempo, esa Solidaridad se convierte en antídoto contra muchos males. Quizá por ello, en el cuento a mis hijos de esta noche, aquella hada buena que pretende quitarle su corona deambulaba por un bosque vacío sin sentirse sola… Y es que sabe que detrás de cada árbol hay miles de duendecillos como nosotros que le apoyan incondicionalmente, entregándole siempre lo mejor de sí mismos.

Haz un donativo