Por Javier Aragüés

Nos sorprendió. Parecía distante. En el espacio, al otro lado del mundo. Y en el tiempo ¿En el pasado? ¿Quizás ulterior? pero jamás ahora. Algo nos susurraba sin atrevernos a levantar la voz, le respondíamos “no nos alcanzará”.

Los espacios se reducían y el tiempo era ayer. Los rumores dejaban de serlo. Hasta que el goteo se acumuló para precipitar como titulares en los periódicos y en las cadenas de televisión. Primero aparecían confirmaciones, seguidas de tibios consejos. Se iban redactando las precauciones. Sin parar de crecer los afectados se desencadenaron las primeras muertes. A las recomendaciones oficiales se solapaban las iniciativas populares. Se acopiaban alimentos y productos de consumo básico, pero que no había escasez de deseos. El día que se oficializó, no fue noticia. Las medidas no sorprendieron. Para nosotros fue terrible.

El peor escenario podría llegar, pero preferíamos pensar que les afectaría a otros. Era lo que pensaba cuando les hablé por primera vez a los míos; Mabel, de pie, abrazaba a mis dos hijos, apenas se contenía.

En el día a día, teníamos que elaborar planes transparentes que apuntalaran el amor entre nosotros y el que dábamos a nuestros hijos. Lo habíamos logrado por la voluntad de los dos, tras difíciles combates de entendimiento, pero hoy lo disfrutábamos.

Llegó el confinamiento. Nuestros padres nos habían dejado hacía unos años, estábamos solos para afrontar una desgracia y rodeados de miedos. No había muchas alternativas. Solo era posible adaptarnos a estos tiempos de privacidad y aislamiento.La catástrofe anunciada desmantelaba todos los calendarios de intenciones, hasta parecía que el amor quedaba suspendido y lo más terrible para nosotros, se aplazaba el viaje, sine díe.

Lo había pensado muchas veces. Cogerme un año sabático y, junto a Mabel y los niños, dar la vuelta al mundo. Detenernos en cada país, hacer vida con los del lugar, entender sus costumbres y observar cómo se amaban. La forma de amar es universal y está presente en los gestos de los seres sensibles. Cuando se mira a un niño, si le das amor, te lo devuelve con una sonrisa o un beso. Si es a la persona que amas, basta un gesto de complicidad para que muestre su amor sin limitaciones, con todo su cuerpo, y acerque los labios a los tuyos con sosiego.

Pero hay unas personas tan especiales que permanecen en silencio, que no se insinúan ni piden nada, son los mayores, padres o abuelos, que esperan que alguien les devuelva ese amor que han gastado, sin exigir. Basta mirarles a los ojos que están fatigados de transitar por la vida y apenas pueden sujetar una lágrima.

Ahora hemos tenido que suspender ese viaje. Lo haremos más tarde. Hoy el viaje es muy corto. Cada noche a la ocho de la tarde me asomo a la ventana con Mabel y mis hijos, muchos aplauden. Un ligero roce a Mabel con mi codo y los dos buscamos a la pareja de ancianos frente a nuestra casa y nos encontramos con sus caras tras el cristal de su ventana. Los dos, en silencio, sujetan una lágrima.

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