Por Paquita Márquez

26 de marzo 2020

56.188 infectados, 4.089 fallecidos, 7.015 recuperados o en fase de recuperación.

El teléfono no ha sonado. Acabo de hablar con mis primos y se me rompe el alma al comprobar cómo están padeciendo por la situación en la que viven. Su madre se muere, no la pueden ver, está aislada, sola… Se muere sin nadie que le coja una mano. Ella no sufre, está sedada y hace tiempo que tiene nubes en la cabeza, en lugar de consciencia. Pero su marido no. Y tampoco pueden ir a la residencia a verlo. Los llevaron allí el 12 de febrero porque las dos muchachas que se turnaban para atenderlos día y noche, se despidieron, ya no podían asistirlos como era debido.

Les aconsejaron entonces esa residencia; a mi tío le costó mucho dejar su casa. Y se fueron juntos, como juntos llevaban ya 66 años. Y sus hijos cada tarde, unos u otros (son seis), la pasaban con ellos. Hasta que esto empezó y les negaron la entrada. Y mi pobre tío no entiende lo que está pasando… Solo quiere que vuelva su mujer para poder irse a casa…Me dice mi primo Javier que llora cuando lo llama y le pide que los lleven a casa. ¿Qué será de él cuando sepa que su compañera de vida no volverá…? ¡66 años juntos! ¡Qué trágica puede ser a veces la vida…!

Anoche, en los aplausos, faltó el matrimonio del 5º derecha del edificio de enfrente. La luz de la habitación que da a la terraza a la que salen cada día, estaba encendida, pero ellos no salieron. Me da mala espina. Son un matrimonio muy mayor al que a veces veo paseando a un perrito pequeño por la acera, siempre juntos. El otro día se paró un coche de policía a su altura, se bajó una joven policía muy bien protegida y les debió advertir que no podían ir juntos, porque se separaron poniendo una distancia de unos tres metros entre ellos. La mujer delante, y tres metros detrás, el marido con el perro. Me quedé con las ganas de gritarle a la policía si cree que seguirán guardando las distancias dentro de casa…Vuelvo con mis elucubraciones, ¡soy más tonta…!

Tras dos días bastante lluviosos, hoy luce el sol a ratos. He estado en la terraza unos minutos y no he visto un alma por la calle. Vuelta a la cocina, preparo el puré de verduras, salo el pescado que luego freiré y aliño una ensalada de escarola y tomate. En plena faena mi hijo me llama por Sky. ¡Mecachis! ¡Y yo con estos pelos! Entre que tengo poco (¡con el pelazo que tenía en mis buenos tiempos!) y que el ir a la peluquería se ha convertido en una utopía, por mucho que intente remediarlo, llevo los pelos hechos una pena. Y mi hijo va y me lo suelta:

–¡Qué pelos, mamá!, cómo se nota que no hay peluquería…

Luego intenta arreglarlo, seguramente mi gesto lo ha puesto en alerta.

–Pero sigues siendo la madre más guapa del mundo…

¡Qué falso…! Se lo perdono. Quiere una lista de todo lo que voy ya necesitando para ir a comprarlo y traerlo.

Tras un ratito se cháchara y la promesa de que haré la lista, nos despedimos hasta la noche en que volverá a llamar para ver cómo hemos pasado el día su padre y yo.

Después de comer, me lavaré la cabeza y me pondré rulos. El otro día, haciendo limpieza en uno de los armarios llenos de trastos que no había visto la luz del día (y si me apuras, la eléctrica tampoco) en décadas, apareció una caja con los rulos y las pinzas que usaba antes, cuando mi melena lo requería, con tal de no ir a esos antros de tortura que son las pelus, porque lo odiaba. Ahora, entre la falta de pelo y las canas, las visitas regulares a dichos antros se han hecho imprescindibles, pero entonces con los rulos me apañaba. Veremos qué tal salgo ahora de la olvidada faena…

Y mañana más.

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